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Turquía y Armenia empiezan a normalizar relaciones: por qué ahora y qué cambia en el Cáucaso

  • Foto del escritor: Clara Arias
    Clara Arias
  • 13 feb
  • 4 min de lectura

La facilitación de visados y la posible reapertura del paso fronterizo marcan el primer movimiento real de reconciliación desde 1993


El presidente de Armenia, Vahagn Khachaturyan, y el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan. (Montaje de Clara Arias)


Durante más de tres décadas, la frontera entre Turquía y Armenia ha permanecido cerrada a cal y canto. Ni camiones ni trenes ni viajeros. Desde 1993, ese tramo del mapa ha sido algo más que una línea divisoria: se convirtió en el símbolo físico de una relación rota por la guerra, por la memoria y por la geopolítica. Por eso, los pasos dados en los últimos meses tienen un alcance que va mucho más allá de lo administrativo.


Ankara y Ereván han comenzado a activar medidas concretas para reconducir sus relaciones. La facilitación de visados para diplomáticos y funcionarios marca el primer gesto operativo en décadas, y a ello se suma la posibilidad de una reapertura gradual del paso terrestre, adelantada por la agencia Bloomberg. No se trata todavía de una apertura total ni de una normalización plena, pero sí del primer movimiento tangible desde que la frontera quedó sellada hace más de treinta años.


POR QUÉ ESA FRONTERA SE CONVIRTIÓ EN UN MURO


El cierre se produjo en un momento de máxima tensión regional. Tras la desintegración de la Unión Soviética, Armenia y Azerbaiyán entraron en guerra por Nagorno Karabaj, territorio de mayoría armenia pero reconocido internacionalmente como parte del Estado azerí. Las fuerzas armenias se impusieron en aquella primera contienda y extendieron su control más allá del enclave, ocupando distritos azeríes colindantes. Turquía, estrechamente alineada con Bakú, respondió clausurando su frontera oriental en 1993 como señal de apoyo político y como instrumento de presión.


Aquella decisión tuvo consecuencias profundas. Armenia, sin salida al mar y con dos fronteras cerradas, quedó en una posición de aislamiento estructural que condicionó su desarrollo económico y su margen de maniobra diplomático durante décadas. El bloqueo no fue un gesto coyuntural, sino que pasó a formar parte del equilibrio regional.


A ese conflicto territorial se sumaba otro elemento de peso. La relación bilateral arrastraba la herencia de 1915, cuando cientos de miles de armenios murieron o fueron deportados del Imperio otomano. Para Armenia y buena parte de la comunidad internacional aquello constituye un genocidio; para el Estado turco, no. Esa discrepancia ha atravesado un siglo de relaciones y ha convertido cualquier intento de acercamiento en un asunto políticamente delicado en ambos lados.


AZERBAIYÁN, EL VETO QUE SIEMPRE ESTUVO AHÍ


Durante años, cualquier gesto hacia Armenia estuvo condicionado por la alianza estratégica con Azerbaiyán. La relación entre Ankara y Bakú no es retórica. Se apoya en la cooperación energética, en la interdependencia económica y en una sintonía política estrecha. El petróleo y el gas azeríes llegan a Europa a través de territorio turco, y ese vínculo ha consolidado una asociación que va más allá de la afinidad cultural.


Mientras Karabaj permaneciera bajo control armenio, normalizar con Ereván era políticamente inviable. Así se evidenció en 2009, cuando los llamados protocolos de Zúrich —que contemplaban la apertura de la frontera— quedaron bloqueados ante la presión azerí. Aunque existiera voluntad de diálogo, el margen de actuación era limitado.


Marcha conmemorativa en Bakú por el aniversario del fin de la Segunda Guerra de Karabaj. (EFE/EPA/Roman Ismayilov)


Ese equilibrio saltó por los aires en 2020. En la segunda guerra de Nagorno Karabaj, Azerbaiyán lanzó una ofensiva relámpago con apoyo militar decisivo de Turquía, que proporcionó drones, asesoramiento y respaldo político. En apenas seis semanas, Bakú recuperó amplias zonas de los distritos ocupados en los años noventa y alteró de forma radical la correlación de fuerzas. Armenia no solo perdió territorio; perdió su principal baza negociadora. El conflicto dejó de estar congelado y pasó a resolverse sobre el terreno.


Para Turquía, aquella guerra consolidó su papel como actor central en el Cáucaso Sur. Ya no era solo el aliado retórico de Azerbaiyán, sino un socio militar eficaz que había contribuido a cambiar el mapa. Y, al mismo tiempo, la razón estratégica que había justificado durante décadas el cierre de la frontera comenzó a diluirse. Con Karabaj fuera del control armenio, mantener el bloqueo dejó de ser una herramienta imprescindible de presión.


RUSIA, EL ÁRBITRO QUE SE HA IDO DEBILITANDO


Durante décadas, Moscú desempeñó el papel de garante del equilibrio en el Cáucaso Sur. Armenia formaba parte de su órbita de seguridad, albergaba bases militares rusas y dependía en buena medida de ese paraguas estratégico. Esa posición otorgaba al Kremlin capacidad para influir en cualquier reconfiguración regional.


La situación ha cambiado. La guerra de Ucrania ha absorbido recursos y atención, y la influencia rusa en su vecindario inmediato se ha resentido. Para Ereván, comprobar que el respaldo ruso no era tan sólido como se asumía obligó a revisar su política exterior. Diversificar alianzas y reducir vulnerabilidades dejó de ser una opción teórica para convertirse en una necesidad.


En ese contexto, el acercamiento a Turquía se inscribe en una estrategia más amplia de reajuste.


LO QUE DE VERDAD SE ESTÁ NEGOCIANDO


Lo que hoy se discute no es una reconciliación histórica ni un entendimiento sobre el pasado, sino la adaptación de ambos países a una realidad regional distinta. Mantener la frontera cerrada ya no aporta las mismas ventajas estratégicas que hace treinta años. Para Turquía, integrar a su vecino oriental en un entramado de rutas comerciales y corredores de transporte refuerza su posición como eje de conexión entre Europa y Asia. Para Armenia, abrir ese paso supone romper una parte sustancial de su aislamiento y ganar margen económico.


Las conversaciones sobre visados, infraestructuras o tránsito fronterizo forman parte de ese cálculo. En el sur del Cáucaso, la conectividad se ha convertido en una herramienta de poder. Quien controla las rutas, condiciona los equilibrios.


El movimiento actual no implica el fin de las tensiones ni la desaparición de los desacuerdos históricos. Pero sí refleja un cambio de lógica: el bloqueo, útil durante décadas, empieza a percibirse como una limitación. Y cuando una frontera deja de ser un instrumento eficaz de presión, su reapertura deja de interpretarse como concesión para convertirse en una decisión estratégica.

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