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Cómo Irán perdió a Turquía

  • Foto del escritor: Clara Arias
    Clara Arias
  • 5 mar
  • 6 min de lectura

Ankara y Teherán llevan siglos compitiendo por influencia en Oriente Medio sin llegar al enfrentamiento directo. Ese equilibrio histórico empieza a resquebrajarse en un contexto regional cada vez más volátil


El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, y el expresidente iraní, Hassan Rouhani, durante una rueda de prensa conjunta en Teherán (Kayhan Ozer/Palacio Presidencial)


Este miércoles, Irán realizó un movimiento que pocos vieron venir: lanzó un misil que acabó en territorio turco y que fue interceptado por las fuerzas de la OTAN. Aunque pueda llegar a equipararse al resto de ataques que está perpetrando Teherán hacia países del golfo, la lectura va más allá. Estas dos potencias regionales tienen una particularidad y es que son aliados, pero por momentos se odian. Muchos analistas lo definen como "rivalidad cooperativa" o "amienemigos" porque son países que llevan siglos compitiendo, pero evitando el choque directo y tienen bastantes puntos comunes, pero otros tantos dispares.


Esta tensión que ha desembocado en un misil iraní es llamativa, porque desde hace unos cuantos años la relación entre Irán y Turquía fue sorprendentemente cordial. Durante buena parte de la década pasada, ambos países mantuvieron una relación pragmática basada en el comercio, la energía y la cooperación diplomática, a pesar de sus diferencias políticas. Ankara incluso trató en algunos momentos de presentarse como mediador entre Irán y Occidente en cuestiones como el programa nuclear iraní.


DOS IMPERIOS FRENTE A FRENTE


Para entender esta relación ambigua hay que retroceder varios siglos. Turquía e Irán representan la continuidad de dos tradiciones imperiales que dominaron durante largos periodos Oriente Medio: el Imperio Otomano y el Imperio Persa. Durante los siglos XVI y XVII ambos imperios libraron varias guerras por el control de territorios estratégicos en Anatolia, Mesopotamia y el Cáucaso. Sin embargo, a diferencia de otras rivalidades históricas en la región, el enfrentamiento entre otomanos y persas terminó estabilizándose relativamente pronto. El tratado de Qasr-e Shirin, firmado en 1639, fijó una frontera entre ambos imperios que, con ligeras modificaciones, sigue siendo en gran medida la actual frontera entre Turquía e Irán.


Desde entonces, ambas potencias han convivido con una dinámica de competencia contenida. Rivalizan por influencia política y estratégica en la región, pero han evitado tradicionalmente el enfrentamiento directo. Esa lógica de equilibrio ha sobrevivido incluso tras la desaparición de los imperios y la aparición de los Estados modernos.


LA SIMPATÍA INESPERADA HACIA LA REVOLUCIÓN IRANÍ


Paradójicamente, durante parte de la historia reciente esa rivalidad quedó parcialmente eclipsada por una cierta afinidad ideológica. El movimiento islamista político turco, moldeado durante décadas por el líder Necmettin Erbakan desde los años sesenta, observó con entusiasmo la revolución islámica iraní de 1979. Muchos islamistas turcos leían las obras de Ali Shariati, uno de los principales ideólogos de la revolución iraní, y durante años vieron en la experiencia iraní un modelo inspirador para el mundo musulmán.


A diferencia de otras corrientes políticas de Oriente Medio, los conservadores religiosos turcos no interpretaban la región a través de la división entre suníes y chiíes. Aunque Turquía es mayoritariamente suní y la República Islámica iraní se fundamenta en el chiismo, para muchos islamistas turcos esa diferencia no era determinante. La prioridad era impulsar una mayor cooperación entre países musulmanes. Ese planteamiento quedó reflejado en 1997 cuando Erbakan impulsó la creación del grupo de cooperación económica D-8, que reunía a varios países de mayoría musulmana (Bangladesh, Egipto, Indonesia, Irán, Malasia, Nigeria, Pakistán y Turquía) con el objetivo de fortalecer sus vínculos económicos y políticos.


Sin embargo, el acercamiento a Irán también generó tensiones dentro de Turquía. El estamento militar, que durante décadas actuó como garante del carácter secular del Estado turco, veía con recelo el acercamiento del islamismo político a la República Islámica. Uno de los episodios más simbólicos de ese choque fue la llamada Noche de Al-Quds celebrada en 1997 en el distrito de Sincan, en Ankara. El evento fue organizado por el Partido del Bienestar de Erbakan y contó con la presencia del embajador iraní. Durante el acto se representó una obra centrada en la causa palestina mientras se exhibían banderas de Hezbollah y Hamás.


El embajador iraní pronunció además un discurso muy crítico con el carácter laico del Estado turco. En Turquía, cuestionar el laicismo supone tocar uno de los pilares de la república fundada por Atatürk y traspasar una de las líneas rojas del poderoso estamento militar. Es por ello que este episodio fue utilizado posteriormente por el ejército turco como uno de los pretextos para intervenir políticamente contra el gobierno islamista. En lo que se conoció como el “golpe posmoderno” de 1997, los militares forzaron la dimisión de Erbakan sin recurrir a un golpe de Estado clásico.


El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, con el exayatolá iraní, Alí Jamenei


EL INTENTO DE EQUILIBRIO


Cuando Recep Tayyip Erdogan y sus aliados fundaron el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) en 2002, heredaron parte de ese legado político. Aunque el nuevo partido adoptó inicialmente una retórica más liberal y favorable a la integración europea, Ankara mantuvo relaciones relativamente fluidas con Irán durante sus primeros años en el poder.


Turquía intentó en ese periodo desempeñar un papel diplomático activo en la región. Uno de los ejemplos más destacados fue el intento de mediación en el programa nuclear iraní. En 2010, Ankara colaboró con Brasil para desbloquear las negociaciones entre Irán y las potencias occidentales. El acuerdo planteaba que Irán enviaría 1.200 kilos de uranio poco enriquecido a Turquía a cambio de combustible nuclear para un reactor de investigación médica. Aunque la iniciativa terminó fracasando, reflejaba el intento turco de posicionarse como intermediario entre Teherán y Occidente.


Durante esos años también hubo gestos políticos que evidenciaban una cierta cercanía entre ambos países. En 2011, Erdoğan se convirtió en el primer líder suní en visitar la tumba de Alí en Najaf, uno de los lugares más sagrados del chiismo, donde además se reunió con el gran ayatolá iraquí Ali Sistani. La relación llegó a ser lo suficientemente estrecha como para que informes estadounidenses publicados en 2012 acusaran al gobierno turco de haber revelado a Irán los nombres de espías israelíes que operaban desde territorio turco, una acusación que Ankara negó rotundamente.


En ese contexto de relativa cooperación se produjo la visita de Erdoğan a Irán en 2014. Durante un encuentro con el entonces vicepresidente Eshaq Jahangiri, el presidente turco defendió profundizar las relaciones económicas y energéticas entre ambos países y llegó a afirmar que “Irán es nuestro segundo hogar”.


SIRIA, EL GRAN PUNTO DE RUPTURA


El deterioro de la relación comenzó poco antes, pero se consolidó definitivamente con el estallido de la guerra civil siria en 2011. Mientras Turquía apoyaba a sectores de la oposición siria y presionaba para que Bashar al-Assad abandonase el poder, Irán se convirtió en el principal respaldo militar y político del régimen sirio.


Para Ankara, la decisión de Assad de alinearse estrechamente con Teherán y responder a las protestas con una represión violenta supuso un punto de inflexión. El uso de armas químicas por parte del régimen sirio en 2013 y el posterior asedio de ciudades como Alepo en 2014, que provocó hambrunas, asesinatos y desplazamientos masivos de población, consolidaron la ruptura entre ambos países. La implicación directa de Irán y de Hezbollah en el conflicto alarmó profundamente a Turquía, que empezó a percibir la guerra siria como una amenaza directa a su seguridad nacional.


Desde entonces, la relación entre Turquía e Irán se ha vuelto cada vez más transaccional. Ambos países mantienen importantes vínculos comerciales, especialmente en el ámbito energético, ya que Irán ha sido durante años uno de los principales proveedores de gas natural de Turquía, y ocasionalmente cooperan en determinados procesos diplomáticos relacionados con Siria. También comparten un interés estratégico en evitar la aparición de un Estado kurdo independiente en la región, una cuestión especialmente sensible tanto para Ankara como para Teherán.


Sin embargo, la confianza política entre ambos gobiernos es limitada. Ankara y Teherán compiten por la influencia regional en varios escenarios clave, desde Siria e Irak hasta el Cáucaso, donde Turquía respalda firmemente a Azerbaiyán mientras Irán observa con recelo el creciente peso turco. Ese delicado equilibrio entre cooperación y rivalidad explica por qué incidentes como el lanzamiento del misil de esta semana generan tanta inquietud entre los analistas. Turquía e Irán siguen evitando una confrontación directa, pero la creciente inestabilidad regional hace cada vez más difícil mantener el equilibrio que ha marcado su relación durante siglos.



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