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Cómo la retirada de Estados Unidos ha cambiado el tablero iraquí: las claves para entender unas elecciones decisivas

  • Foto del escritor: Clara Arias
    Clara Arias
  • 17 nov 2025
  • 5 min de lectura

Tras más de dos décadas de presencia militar estadounidense, Irak afronta unas elecciones que pueden redefinir su soberanía y el equilibrio entre sus actores políticos


Funcionarios electorales iraquíes cuentan los votos en un colegio de Bagdad (AFP)


Los iraquíes acudieron a las urnas el martes 11 de noviembre en un momento de gran incertidumbre. Hace tan solo unos meses, Estados Unidos acordaba con Bagdad una retirada prácticamente total de sus tropas —dejando solo un pequeño contingente para funciones de asesoramiento— tras más de dos décadas de presencia militar. Para muchos votantes, estas elecciones han sido algo más que la renovación del Parlamento: representan una oportunidad para redefinir la soberanía iraquí tras veintidós años marcados por ocupaciones, guerras y rivalidades regionales. Estos comicios pueden definir quién manda de verdad en Bagdad, cómo se integran las milicias chiíes en el poder y cuánto margen tiene el Estado para construir un proyecto independiente.


Durante años, la presencia militar estadounidense —primero como fuerza de ocupación y después como aliado contra el Estado Islámico— ha influido en cada decisión política relevante. Su retirada casi total, acordada este verano, ha reabierto debates que parecían enterrados: hasta qué punto Irak puede controlar su seguridad sin tutelas externas, si las milicias perderán o ganarán poder en el proceso y qué margen tiene Bagdad para escapar a la pugna entre Washington y Teherán. Esa tensión, latente desde 2003, ha sido el telón de fondo de unas elecciones que muchos iraquíes perciben como una batalla por el rumbo del país.


UN SISTEMA ELECTORAL HEREDERO DEL POSCONFLICTO


El sistema político iraquí nació tras la invasión de 2003 y se construyó sobre la idea de repartir el poder entre comunidades para evitar desequilibrios. Irak cuenta con un Parlamento unicameral de 329 escaños elegidos por circunscripciones múltiples y con un reparto proporcional de listas abiertas. Es un modelo pensado para fragmentar el poder y obligar a pactos constantes, lo que en la práctica ha convertido cada gobierno en un delicado mosaico de partidos, clanes locales, líderes religiosos y milicias.


En esta ocasión no ha sido distinto. Los bloques chiíes, mayoritarios en el país, han concurrido divididos entre corrientes alineadas con Irán y otras que reivindican una identidad nacional iraquí. Los suníes, debilitados desde la derrota del Estado Islámico (ISIS), han tratado de recuperar presencia parlamentaria, mientras que los kurdos han competido por mantener su cuota de poder tradicional en el norte con el eterno equilibrio entre Erbil y Sulaimaniya.


Un miembro de las fuerzas de seguridad iraquíes se prepara para votar en un colegio electoral durante la votación anticipada en Mosul, Kurdistán iraquí (Europa Press//Ismael Adnan)


La participación ha sido uno de los grandes marcadores de estos comicios. Tras años de desafección, protestas y acusaciones de corrupción, el hecho de que más de la mitad del electorado haya acudido a votar refleja que, pese al desencanto generalizado, las urnas siguen siendo vistas como una vía para presionar al sistema desde dentro. Ese impulso se ha sentido especialmente en provincias donde el hartazgo con los servicios públicos, el desempleo y la falta de seguridad cotidiana ha marcado cada mitin.


EL PESO DE ESTADOS UNIDOS EN LA CRISIS IRAQUÍ


La retirada casi total de las tropas estadounidenses ha sido uno de los temas centrales de la campaña. La presencia de Washington en Irak ha marcado toda la evolución política del país desde 2003, primero con la ocupación, después con el colapso institucional que siguió a la caída de Saddam Hussein y, más tarde, con el regreso de asesores militares para combatir al Estado Islámico a partir de 2014.


Durante años, esa presencia generó tensiones constantes entre los distintos centros de poder iraquíes. Para los partidos y milicias próximos a Irán, la salida de Estados Unidos representa un triunfo simbólico y un paso hacia lo que consideran la “soberanía plena”. Para muchos iraquíes de clase media, y especialmente para sectores suníes que sufrieron la brutalidad del ISIS, la retirada despierta temores sobre la capacidad del Estado para controlar a las milicias y evitar un nuevo ciclo de violencia.


El asesinato del general iraní Qasem Soleimaní por un dron estadounidense en Bagdad en 2020 fue un punto de inflexión. A partir de entonces, la presión para expulsar a Estados Unidos se convirtió en una prioridad para las facciones proiraníes, que intensificaron ataques contra bases con presencia estadounidense y reclamaron al Parlamento un calendario de salida. El acuerdo anunciado este año ha cerrado ese capítulo, pero ha abierto otro: qué ocurre ahora en un país donde las milicias chiíes siguen actuando como actores paralelos al Estado y donde Teherán mantiene una influencia estratégica.


LA BATALLA POR LOS RESULTADOS


El primer ministro de Irak,  Mohammed Shia al-Sudani


El recuento preliminar ha dibujado un Parlamento aún más fragmentado, aunque con un claro ganador relativo: la coalición del primer ministro Mohammed Shia al-Sudani, que ha logrado imponerse en varias provincias de peso, incluidas Bagdad y Najaf. Su ascenso confirma que buena parte del electorado chií valora su perfil pragmático y su capacidad para mantener estables los equilibrios entre las distintas facciones.


Sin embargo, en Irak ningún triunfo es automático. Ninguna lista se acerca a la mayoría absoluta y Sudani dependerá de complicados acuerdos con otros bloques chiíes, así como con partidos kurdos y fuerzas suníes que harán valer cada escaño. En el sur, el avance de formaciones regionales como la lista Tasmeem muestra que los votantes empiezan a premiar agendas locales que prometen gestión y resultados tangibles por encima de las grandes alianzas ideológicas.


En el norte, el Partido Democrático del Kurdistán ha logrado mantener posiciones clave, aunque con la competencia habitual del Partido de la Unión Patriótica del Kurdistán, que resiste en áreas donde sus redes históricas siguen sólidas. Las negociaciones entre ambos serán decisivas para la formación del Gobierno en Bagdad, como ha ocurrido en cada ciclo electoral de las dos últimas décadas.


LOS POSIBLES ESCENARIOS DE COALICIÓN


Con los resultados preliminares ya definidos, Irak entra en la fase más delicada: la formación del Gobierno. El primer escenario, considerado el más probable, sería que al-Sudani trate de construir una coalición chií amplia, integrando a parte de las facciones rivales que compitieron entre sí en estas elecciones. Su reto será equilibrar a los grupos cercanos a Irán con aquellos que defienden un Estado fuerte que limite el poder de las milicias.


El segundo escenario pasa por incorporar a los partidos kurdos, cuya capacidad de negociación es determinante en cada legislatura. El KDP y la UPK han mantenido su presencia y suelen actuar como árbitros: su entrada en el Gobierno daría estabilidad parlamentaria, pero exigirán garantías en materia de presupuesto, petróleo y autonomía regional.


Un tercer escenario incluye una alianza más visible con los partidos suníes, que buscan reconstruir su espacio político después de años de inseguridad. Podrían convertirse en socios clave si las tensiones entre los bloques chiíes dificultan un acuerdo interno, aunque exigirán compromisos claros sobre seguridad y reconstrucción en las provincias occidentales.


El cuarto escenario, siempre posible en Irak, es el del bloqueo. Las divisiones internas dentro del campo chií, la competencia entre kurdos y los cálculos estratégicos de los suníes pueden llevar a un largo periodo de negociaciones, como ya ha ocurrido en legislaturas anteriores.


Las negociaciones que comienzan ahora serán especialmente delicadas: de ellas dependerá si el país puede consolidar un proyecto propio o si seguirá atrapado en el juego de fuerzas que lleva décadas condicionando su futuro.

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